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Aprendizajes biológicos primarios y secundarios

 Aprendizajes primarios y secundarios

Basado en el artículo de David Geary (2008): An Evolutionarily Informed Education Science

Aprendemos muchas cosas sin esfuerzo. Aprendemos a hablar escuchando, y a caminar, caminando. Lo hacemos así por una razón: estamos programados genéticamente para ello como consecuencia de nuestro pasado evolutivo. De esta forma hay aprendizajes que, por razones evolutivas, vienen “de serie” con nosotros. Además de los ejemplos anteriores, la manera en la que reconocemos rostros sólo observando y comparando. Son ejemplos de lo que se denominan procesos biológicos de aprendizaje primario. La evolución nos permite aprender intuitivamente estrategias generales de resolución de problemas, imitación, reconocimiento facial, comunicación en una lengua materna... El autor los agrupa en “sistemas cognitivos que han evolucionado para procesar y guiar la respuesta a información significativa relativa a nuestra socialización como especie”. Para Geary, esto también incluye el juego social y la exploración de nuestro entorno. Adquirimos este conocimiento primario fácilmente, de forma inconsciente, sólo por pertenecer a un grupo. No necesita ser enseñado para ser almacenado en la memoria a largo plazo.


A medida que las sociedades humanas se tornaron más complejas, estos aprendizajes primarios conservaron su importancia. Sin embargo, otro tipo de aprendizaje fue necesario para participar en la sociedad: el aprendizaje biológico secundario. Nos referimos a la adquisición de conocimientos culturales en el sentido amplio de la palabra: el tipo de conocimiento que adquirimos conscientemente y que nos empeñamos en pasar a las generaciones siguientes: leer y escribir, matemáticas, o trabajar con un ordenador. Para ello no dependemos solamente de la información de nuestra experiencia, sino que la necesitamos hacer accesible a través de mecanismos formales como la escuela o los libros. Este conocimiento cultural o secundario a veces precisa de esfuerzo considerable para ser aprendido. En este sentido, es importante distinguir entre ambos tipos de aprendizajes cuando hablamos de “aprendizaje natural” o comparamos aprender historia o genética con hacer una paella. Son cosas bien distintas que implican aprendizajes con diferente significación evolutiva.


Porque precisamente la evolución juega un papel no sólo en lo que queremos aprender, sino también en cómo preferimos aprender. En las situaciones cotidianas aprendemos por generalizaciones y sentido común. De esta forma damos sentido al mundo y de esta forma también podemos saber si alguien está enfadado o triste simplemente mirando a sus ojos y boca. Estos procesos cognitivos automáticos nos ayudan a observar y descubrir. Sería fantástico que pudiéramos obtener conocimiento secundario de esta manera, pero no es el caso. Aprendemos a escuchar y hablar en modo “piloto autómatico”, pero necesitamos una enseñanza explícita para aprender a leer y escribir. Es un proceso consciente y por ello más costoso en términos cognitivos. Para más evidencias al respecto, os recomiendo leer el artículo original que tenéis disponible aquí: http://web.missouri.edu/~gearyd/files/Geary%20[2008a%20Ed%20Psych].pdf


Estas ideas nos permiten comprender por qué la mayoría de los estudiantes aprenden algunas cosas fácilmente y con un montón de motivación (aprendizaje primario) y por qué otras cosas cuestan mucho más esfuerzo (secundario). Como bien dice el propio autor: “Si nuestro objetivo es una educación universal que englobe dominios evolutivamente recientes para el cerebro (matemáticas, lectura) entonces no podemos asumir que una curiosidad o motivación inherente será suficiente para la mayoría de las alumnas y alumnos. La curiosidad natural les empujará a empezar, pero no a mantener a largo plazo el aprendizaje académico a medida que éste se hace complejo.” 


Además de todo lo expuesto, me parece importante reseñar que, al utilizar la generalización y el sentido común, somos sensibles a los sesgos y a la interpretación errónea de fenómenos complejos. Con esto quiero decir que hay relaciones aparentes de causa que no son tales, y que nuestro cerebro juzgará intuitiva y superficialmente. Precisamente la defensa de la ciencia en educación se hace necesaria para evitar estos mecanismos de razonamiento que nos sirven para sobrevivir pero que nos hacen juzgar de manera superficial la complejidad de algunas cuestiones. Promover el uso de mecanismos de generalización (aprendizajes primarios) para entender fenómenos complejos y muchas veces inciertos (aprendizajes secundarios) nos lleva a ser fácilmente manipulables por argumentos simplificados e intuitivos. Así se disemina la pseudociencia. 


Como ejemplo de una estrategia basada en este artículo, y para estimular la motivación en el aprendizaje secundario, Geary nos sugiere que empleemos técnicas basadas en las historias: como la lectura de un cuento de padres a hijos. El hijo está interesado, porque pone el foco en la madre y quiere aprender el lenguaje. Al mismo tiempo, las imágenes del cuento son versiones abstractas del mundo que le rodea, mientras que la comunicación emplea lenguaje que no es coloquial, y mediante la palabra escrita.


Otra implicación práctica de este artículo es que los docentes debemos cultivar diferentes métodos para diferentes tipos de alumnos. Esto es así porque el esfuerzo invertido en aprender a leer, por ejemplo, es mayor al principio y por tanto necesita de un soporte que podrá ir desapareciendo a medida que cada alumno cuenta con una práctica que le permitirá convertirse en un lector autónomo. En esta ayuda inicial podemos pedir que expliciten su pensamiento (¿cómo has realizado esta suma? ¿Qué dos letras ves ahí?), para conectar con su conocimiento inicial. 




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