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Una ética de la excelencia. Reivindicación de los docentes y herramientas de evaluación

Conclusión al libro

Reivindicación del trabajo del docente

Si los centros educativos quieren mejorar, hay que empezar por los docentes. Se pueden cambiar leyes y modificar pruebas externas, pero no servirá de nada si no hay un apoyo fuerte y consistente a los docentes.

Dar clase es duro. Más duro de lo que se pueda explicar a nadie que nunca lo haya hecho. Hacerlo bien, consistentemente, requiere una energía importante. Ron Berger se dio cuenta de esto cuando se tomó un año para parar. Para cualquiera con talento y opciones, elegir la docencia implicar renunciar a dinero, flexibilidad y respeto social. Elegir un aula en lugar de todo esto puede parecer una locura. A menos que sientas que la docencia es lo que tienes que hacer: es tu manera de compartir lo mejor de lo que tienes y dárselo al mundo.

¿Qué pueden hacer las administraciones y los centros para mantener esta fuerza? 

Asumir que los docentes lo que más desean es un ambiente que respeta y fomenta el crecimiento de su práctica docente. Además de una estructura salarial (ojo, aquí no habla del salario base, sino del ajuste del salario conforme pasa el tiempo) que reconoce la importancia de esta profesión. Los docentes tienen que sentirse respetos. Tienen que contar con la confianza para planificar el currículum, planificar su día, intentar nuevas ideas, apoyo para trabajar juntos. Los docentes también necesitan una planificación horaria que reconozca que necesitan tiempo para la planificación, la preparación, la reflexión, la investigación y la colaboración. Necesitan apoyo para los niños y familias que les quitan el sueño por la noche. Y necesitan espacio para respirar entre las infinitas capas de burocracia estatal, autonómica, local y propia del centro, respirar y tener tiempo para tomar decisiones profesional sobre lo que funciona mejor para sus clases.

Necesitamos un montón de buenos docentes y un aporte constante de nuevos docentes al sistema. Para esto, hay dos caminos que podemos tomar. El primero es hacer esta profesión algo deseable: buen salario, buenas condiciones de trabajo, ser vistos con respeto. Muchas personas excelentes llegarán y la selección de personas será óptima. La preparación también incluiría un tiempo de aprendizaje planificado y largo, con la guía de profesionales con experiencia. El segundo camino es mucho más barato a corto plazo. Olvida el respeto, el salario y las buenas condiciones, simplemente haz fácil convertirse en profesor. Que la certificación sea rápida y poco selectiva. Para Ron Berger está claro cuál camino se ha tomado, pero sería bueno pensar en el precio que se va a pagar en el largo plazo. 

El autor se confiesa afortunado, porque es el mejor ejemplo de esto que estamos hablando. En su escuela pública, tiene flexibilidad y capacidad de gestionarse. Diseña, coloca y decora su clase para realizar su visión. Tiene un grupo de alumnos que ve casi todos los días. Acorta o alarga las sesiones en función del proyecto que ese está llevando cabo. Tiene un presupuesto para su clase, prorrateado para cada alumno, que le permite gastar dinero en lo que considera importante: libros, mapas, material científico, etc. Como gran parte del currículum se elabora a mano, puede fotocopiar, plastificar y encuadernar a menudo. Cuando hay salidas al aula, se le dan las mayores facilidades para que pueda llevarlas a cabo.

No hay nada nuevo en esta idea del docente como investigador de campo. En el mundo anglosajón hay una tradición de docentes que investigaron su propia práctica. En algunos países esto es la norma: casi todos los artículos de las revistas de educación están escritos en colaboración con docentes que trabajan en un aula. Hay una profesionalización de la enseñanza que beneficia a todo el conjunto de la sociedad.

¿Qué permite todo esto? Tener tiempo para evaluar bien.

Casi todas las discusiones sobre la evaluación empiezan en el lugar equivocado. La evaluación más importante que ocurre en una escuela no es la que se hace a los estudiantes sino la que hacen los estudiantes. Evalúan lo que es apropiado hacer y lo que no. Lo que es interesante y lo que no. Cada alumno pasea por el centro con una imagen de lo que es aceptable, lo que es suficientemente bueno. Cada vez que trabajo en algo lo mira y lo evalúa. ¿Es suficientemente bueno? ¿Me siento cómodo entregando esto? Cambiar la evaluación a este nivel debería ser el objetivo más importante de cualquier centro educativo.

Rob Berger nos dice que no defiende acaba con las notas, aunque su colegio no las ha utilizado en 25 años y cree que eso ha sido clave en su eficacia. Se muestra consciente de las tradiciones y presiones para dar notas. Lo que sugiere es que merece la pena evaluar con qué objetivo se utilizan las notas en tu centro educativo, y en qué medida han creado una falsa ilusión de que son genuinas y efectivas formas de evaluar para la mejora. 

Si el autor tuviera que desarrollar un sistema de notas para su colegio sería así: un trabajo merece o bien un Sobresaliente o bien un No Terminado. Cada trabajo tiene sus múltiples borradores (ver entrada anterior) y no se considera completo hasta que es lo suficientemente bueno como para merecer el sobresaliente. Con las pruebas escritas y los tests, igual: si lo haces mal, estudias y lo repites al cabo de unos días hasta que lo hagas totalmente bien. El autor es consciente de que es difícil clasificar sin evaluaciones cuantitativas, y que a veces es necesaria esta clasificación, por ejemplo para garantizar el acceso equitativo a las universidades. Casi todas las escuelas que asesora dan calificaciones, y su consejo es este: asegúrate de que las calificaciones sean vistas por los estudiantes como algo que ganan y merecen, más que como una decisión arbitraria del profesor.

Herramientas de evaluación

No hay un sustituto fácil para las calificaciones. Ron Berger y sus compañeros de trabajo utilizan un amplio conjunto de estrategias de evaluación tomadas de muchísimas fuentes. Pero necesitan mucho tiempo y son complejas, y sus compañeros siempre se quejan del tiempo que requieren, pero están comprometidos con ellas de todas formas. Los docentes entrevistan a sus alumnos continuamente y toman notas del nivel y calidad de su lectura, escritura y comprensión. Hay evaluación del desempeño escribiendo y solucionando problemas matemáticos. Hay tests que son calificacos numéricamente, pero que requieren volver a hacerse hasta que se consigue la máxima puntuación. Hay rúbricas y listas de chequeo que deben rellenar a medida que van trabajando, y hay registros de ellas. Hay presentaciones formales  e informales de projectos y portfolios, sesiones de feedback y conferencias con las familias. Todo ello son los instrumentos de evaluación.

Ron Berger visitó una escuela en Montana en la que cada estudiante tenía un portfolio con sus trabajos en todas las materias. Incluían una autobiografía, un resumen, registros de todas las herramientas mencionadas, muestras de trabajo excelente de cada asignatura, artículos de investigación utilizados como fuente de información, y evidencias de sus resultados en artes o educación física. La evaluación final consistía en presentar todo esto a un grupo de profesores al final de cada curso.

Otro aspecto importante que es actual, al momento de publicar esta entrada, es la evaluación de nuestra práctica docente. Rellenamos páginas y páginas con información en nuestras memorias finales. ¿Qué se hace con esa información? Para empezar, debe recogerse en un formato adecuado, como un formulario o hoja de cálculo estándar que permita analizar los datos. Una redacción es una evaluación cualitativa muy útil, pero no despreciemos el valor de lo cuantitativo. A nivel general, si este formato se estandarizara para todos los centros, tendríamos una recogida de datos todo lo extensa que se quiera, y con los pies más en la tierra que los datos PISA u otros. Es una propuesta muy interesante para los centros el poder utilizar estas herramientas para recoger algunos datos comunes al final de curso.

Conclusión al libro

Cerramos aquí el comentario del libro. Es atractivo, sugerente, En ocasiones utópico. Sin duda, merece la pena leerlo y pararse a pensar. Os recordamos:

En la introducción, decíamos que la única manera de perder peso de verdad es establecer nuevos hábitos, nueva ética: más ejercicio, comer más sensatamente. No es un remedio rápido, es un compromiso a largo plazo. El otro problema es que el autor no cree que la educación esté en crisis. Algunas escuelas son muy buenas, otras no. Pero no cree que haya un atajo para construir una cultura, es un compromiso a largo plazo.

Ron Berger defiende extensamente que un trabajo excelente es transformador. Una vez que el estudiante ve que es capaz de lograr eso, nunca volverá a ser el mismo. Hay cambios en su auto-imagen, una noción de posibilidad: "puedo llegar a esto si me lo propongo". Supone, como en el ejemplo con el que empezaba la entrada, un momento de reconocimiento personal y casi siempre público de lo bueno que es tu trabajo.

Por eso la cultura de un centro educativo no debe valorar la cantidad sobre la calidad del trabajo. Los alumnos nos entregan cientos de productos finales. Los docentes corregimos toneladas de ese trabajo de poca calidad, se lo devolvemos y acaba en la papelera. De esto hablaremos mucho porque este libro nos propone formas concretas de reducir el número de actividades, profundizando a la vez mucho más en ellas.

Una de las tareas más importante que puede hacer un docente es ser un historiador de la excelencia. Dondequiera que estemos, en nuestra clase o visitando una escuela, busquemos modelos de trabajo hermoso, profundo, importante. Ya hemos hablado de los modelos aquí y aquí. Estos modelos serán los estándares de lo que yo como profesor y mis alumnos aspiramos alcanzar. Ejercicios resueltos, fotografías, fotocopias, vídeos... Aunque parezca obsesivo, documentar este modelos con la integridad que se merecen es muy importante.

Sobre la cultura de centro, afirmamos que el desempeño de los estudiantes está muy influenciado por su contexto familiar, su vecindario, y por supuesto su centro educativo. Sus actitudes y logros se modelan por la cultura que les rodea, porque ajustan sus actitudes y esfuerzos para encajar en esa cultura. Por ejemplo, si se ridiculiza el esfuerzo académico (es mejor no levantar la mano en clase, hacer los deberes o que te preocupen tus notas), esto supone una fuerza poderosa. Si, por el contrario, que te preocupen estas cosas está bien visto, será igualmente una influencia fundamental. Por eso la brecha educativa es reflejo de la brecha social y económica. La segregación escolar amplifica la brecha así: si lo normal es pasar horas dedicadas a los estudios y que te preocupe el éxito académico, si lo normal es estudiar inglés en academias, entonces es perfectamente normal dar lo máximo para conseguir entrar en la mejor universidad. 

¿Qué pasaría si ser normal en un colegio, encajar, significara preocuparte de tu trabajo y tratar a los otros con respeto? Eso es la cultura de un colegio.

¿Por dónde empezamos a crear esa cultura de centro? ¿Cómo comenzamos? No hay una respuesta fácil y correcta a estas preguntas. Si hay mucho que cambiar, es difícil decir que hay un único sitio por donde empezar. Una de las cosas que más defiende el libro es que el poder de la cultura reside en la comunidad. Los adultos y niños que pasan sus mañanas (y a veces tardes) en el centro son parte de algo. Es muy importante ese sentido de pertenencia. La historia de Jason ilustra que esta comunidad puede crear un lugar seguro. No solo seguro físicamente, sino seguro también para arriesgarse, para esforzarse al máximo.

Y sobre el trabajo por proyectos, lo que propone el libro es que, en primer lugar, la clase es el taller de creación del proyecto, no la casa. Hay rúbricas de evaluación, checklists (listas de comprobación), y todo lo que puede clarificar lo que se espera de cada alumno. Estas rúbricas explican exactamente qué componentes requiere el proyecto, una organización del tiempo y las calidades y dimensiones del proyecto. A veces se pueden construir con los propios alumnos cuando se ha instalado en su cultura.

Se estructuran para hacer difícil que nadie pueda quedarse muy atrás, porque se fragmentan en componentes claros y para el progreso se utilizan "checkpoints" o puntos de comprobación. Todo eso se muestra claramente en las paredes de la clase, para que haya alumnos responsables de monitorizar que todos van cumpliendo los plazos. Debido a que los niveles y ritmos de trabajo son distintos, los proyectos requieren una flexibilidad que permita acoger este rango. Por eso hay partes obligatorias que todos deben hacer y partes opcionales para los que van por delante. A pesar de que en las clases de Ron Berger suele haber alumnos con una diferencia de hasta 10 años en comprensión lectora (por inmigración y necesidades educativas), todos completan las partes obligatorias.

Los proyectos se planifican para, explícitamente, enseñar a los alumnos a ser buenos lectores y escritores y matemáticos. Todos los proyectos tienen muchos textos informativos y también literarios. Todos incluyen mucho tiempo de lectura y escritura, además de la investigación. La idea es que puedan dar sentido a ese material, aprendiendo nuevo vocabulario y a través de diversos formatos (ya hablamos de esto con Mary Myatt aquí). Como ejemplo, en un proyecto sobre el agua era necesario leer Huckleberry Finn y algunos fragmentos de la Odisea.




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